lunes, 21 de diciembre de 2015

La tarde





La conocí un miércoles,

en una calle cualquiera,

en donde no había nadie que importara.

Estaba ahí,

conmigo,

nerviosa y abrumada,

aunque en mis sueños

sucumbíamos el uno al otro.

Tan cercana y a la vez tan lejana,

aproximada y distanciada,

Su aroma perfumaba mi boca y

mis besos silenciaban la tarde.

La vergüenza nos desamparó esa tarde y

la pasión de su boca y la mía,

unidas por un sueño cálido, suave, febril.

absorbimos nuestra esencia,

cada vez con mayor pasión,

para que se grabe en mi recuerdo

y se guarde en tu corazón,

domingo, 20 de diciembre de 2015

"A los señores..."

"A los señores María Elena y Álvaro -que no soy yo-, se les indica que su hijo (que no recuerdo su nombre, aunque lo seguirán mencionando), se encuentra en administración". Se dejaba escuchar a través de las bocinas, que interrumpían la música ambiental de la temporada navideña, que se sabía que se detenía para anunciar que el niño estaba en la administración del centro comercial.

"A los señores María Elena y Álvaro..." sonaba otra vez, mientras tanto, yo aprovechaba el tiempo y disponía del suficiente para beber un café y sentarme a leer algo, en medio de tantos murmullos y gente desconocida que deambulan incesantes por donde me encuentro y de pronto..."A los señores María Elena y Álvaro..."

Me da por interrumpir la lectura y sonreír de manera burlona y pronunciar a quien escuchara: "lo dejaron olvidado...que vengan mañana a recogerlo"

Proseguí en la línea que dejé en pausa, que dicho sea de paso, estaba muy interesante. "A los señores María Elena y Álvaro...". Desde el tercer llamado que pude notar, no me quedó de otra que imaginar los posibles escenarios del olvidado niño.

Que tal vez sea su único hijo y hayan ido de compras para gozar de unas fiestas tranquilas y con abundante comida y obsequios, podría ser uno de ellos y junto a ello, las constantes -qué caro está esto;  bajate de la carreta, caminemos,- diría su madre, a lo mejor.  Atolondrados para ver si llevan todo lo que pagaron, que no se nos olvide nada. Entre bolsas, cajas y envoltorios, personas igualmente atribuladas al entrar o salir para comprar o pagar el boleto del estacionamiento y en una de esas... el niño, seducido por la algarabía navideña, se desprendió de sus padres, que al parecer, no se han dado cuenta de su infortunado extravío.

De nuevo, pienso en la edad del niño "¿Qué edad tiene?" y a la vez digo: ¡Qué niño tan pendejo! que se sabe los nombres de sus papás, pero no sus números telefónicos...me corrijo:  ¡Qué papás tan idiotas! 

Otro escenario que imaginamos con una persona igual de sorprendida que yo, que únicamente lo fueron a dejar ahí, cansados de sus berrinches, mientras reíamos..."A los señores María Elena y Álvaro..." sonaba interminablemente la voz distorsionada desde la administración.

Si bien es cierto que es un tema serio la pérdida o extravío de un niño, no puedo imaginar cómo pueden dos adultos, responsables de sus hijos, perderlos de vista por estar pendientes de otras cosas, siendo su hijo, -espero-, el motivo por el cual fueron de compras.

Regreso a leer otro poco mientras tomo otro sorbo de café. Veo la hora y al parecer ya fueron a buscar a su hijo. Siento alivio por el momento. "A los señores María Elena y Álvaro..." No, ¡aún no lo han ido a buscar! ¡No jodan!, pienso. En ese momento, hasta llegué a imaginar que se habían ido sin él.  Pensando que las compras lo habían dejado exhausto y se dormiría al entrar al carro, claro, si iban en carro.

Se me hacía tarde y me dirijo hacia la salida, esperando no volver a escuchar ese anuncio. Aún tengo duda si sonó de nuevo y no escuché -o ignoré- el insistente servicio social. Un poco molesto por la estupidez humana, de dejar de darle prioridad a quien realmente importa.

domingo, 13 de diciembre de 2015

La visita no deseada del dolor de cabeza

Buenos días, debes levantarte. Una de tantas mañanas de fin de semana, en las cuales uno como ser humano, trata de disfrutar o, al menos, distraerse o hacer algo diferente a lo que la tediosa rutina nos obliga, te sorprende dese temprano, un desastroso dolor de cabeza, que viene a tratar de joderte el día que habías imaginado algo no menos que excelente.

 Luego te das cuenta que, para poder atenuar a ese puto visitante que sin más, se aloja en ese lugar en donde no se puede ni siquiera levantar la mirada, no basta con tragarse un par de pastilla. Te lavas los dientes a ciegas, creyendo que al abrirlos, desaparezca ese malestar.

No entiendes nada de lo que ocurre.  Dormiste más o menos bien, no bebiste la noche anterior y comiste un poco menos de lo normal.  Escupes la espuma y te enjuagas la boca, te bañas y hasta parece que al dolorcito imprudente le encanta el agua, -al menos algo tenemos en común-;  desayunas algo ligero y te empeñas en seguir con tus planes, que el fin de semana corre rápidamente y ya será lunes y las calles congestionadas por todos lados impedirán que hagas todo lo que has planeado y sales.

Caminas y piensas si un poco de sol te caerá bien y apaciguar la presencia del polizón, que no se da cuenta que no es bienvenido. Bien, pues vas en curso.

Tomas el transporte público, -el que pase más rápido-, esperando que no lleve ese ruido retumbante mezclados con el sonido del motor desvencijado de esa camioneta. Lleva tan estruendoso el sonido de su aparato, que los audífonos que llevas puestos, pasan a ser solo un elemento decorativo saliente de tus orejas y tu doloroso acompañante parece moverse al ritmo de la <<música>>.

Después de varios minutos de lenta agonía dentro de la lata motorizada, al fin te bajas y te das cuenta que la lista de reproducción en tus audífonos siguen en marcha.

Ya entraste al comercial atiborrado de personas que vienen y van sin un orden preciso.  Vas, compras algo que tenías pensado y sigues viendo las demás cosas en el escaparate o sobre la mesa. Toc, toc y la persistencia del dolor se acentúa luego de una ligera tregua unilateral.

El aroma del café que despide una máquina te llama la atención y recordabas que era uno de tus planes, el comprar un café y un bocadillo para ver pasar la locura en forma de personas con el movimiento restringido de sus brazos y manos por las compras hechas a última hora.  Realmente te parece interesante.

Al fin llega el café que pediste junto al pastelito y al dolorcito parece gustarle la idea y ambos comen y beben al mismo tiempo.  Te alegras de haber tomado esa decisión, sabiendo que tu acompañante se irá pronto, sin despedirse y sin agradecerte por la invitación al café, aunque tal vez lo extrañes.

El dolorcito se irá extinguiendo poco a poco y silenciosamente hasta desaparecer por completo.  Tal vez uno de estos días, se recuerdo que no te agradeció por el café que bebieron y a lo mejor -o peor- encuentre el camino y te haga saber que volvió a decirte sin hablar: -gracias-.