Y acaricia el borde de la espalda,
a la vuelta,
en la esquina
de tu pierna.
Lamentando que el tiempo se disuelva
y gotee su vida entre calles
atascadas
de hollín y motores.
Y recorre con los dedos
y manos,
y ojos, la espalda.
Y somete su boca a la tuya,
arrancando el aliento asustado, aderezado por tiempos y vientos,
acercándose a su hogar.
Y acariciando tu pierna;
e imprimiendo con toques sublimes,
va asustando los nervios dormidos,
tu sensación más tierna.
Y amarras con lenguas y labios,
hablando sin hablar,
mordiendo sin besar,
besando sin morder y
besas dilatando,
a tu antojo,
el tiempo y
tu adiós.