Realmente no pensé en decirlo, pero hay momentos que sobrevuelan en mi cabeza y caigo estrepitosamente al suelo y no me quiero levantar por un buen tiempo.
Respirar profundamente y detenerme a conocer lo que pienso y lo que siento...no sé.
La soledad no se apodera de uno, más bien uno se aleja, se va alejando y viendo, observando a la multitud hacerse diminutas manchas en el horizonte. Procurando que el silencio se convierta en el sonido permanente por uno, dos, tres, cinco minutos.
La tristeza la disfruto a solas, hasta que la eliminación de ese sentimiento, va siendo algo parecido a las despedidas y a los reencuentros al mismo tiempo.
Soledad, silencio, conversaciones ausentes. Recordando momentos, vagando por la noche, encontrando el alba en el más profundo silencio y oscuridad absoluta, aparece , reapace, conmueve y desecha tristezas indeseadas, caminos y carreras perdidas.
Quietud, inquietud. Puntos, líneas, círculos y circunstancias. Me acosté y la tristeza se apoderó de mí. Vacíos infinitamente circulares inundan mi cuerpo y mi mente de la magnificencia estelar y despegarse por un instante de todo y de todos va ensanchando la idea de la soledad.
No es, sino la necesidad de entenderme a mí mismo. Luego de muchos amaneceres y también de muchas lunas me siento indefenso, desnudo y deshecho.
Busco sin esperar esa palabra de aliento, desesperadamente encontrar tu aliento en mi cuello y tus besos en mi boca.