domingo, 21 de agosto de 2016

5 minutos más

La tenue luz que cada momento invadía la habitación, ocupó el terreno, que marchitado por el tiempo, aún seguía siendo su rostro.

La frase lastimera de siempre, para poder quedarse tumbado boca abajo sobre la cama, aplastando su cara contra ese par de almohadas que habían desaparecido la noche anterior.

El despertador, -sí, ya había sonado muchas veces- seguía en «alarma pospuesta», hasta que decidió de una vez, apagarla. Esa mañana tuvo un extraño diálogo interno. Lamentando acciones que en un pasado, no llevó a cabo y que le mermaban las ganas actuales de salir a dar un paseo.

Lo primero que hizo fue darse un baño y prepararse para salir y hacer un desayuno, lo más fácil y rápido posible. El café logró darle ese espaldarazo necesario como para iniciar su salida. Lo necesario, -se decía-, es salir lo más pronto que se pueda de aquí, me sofoca estar metido aquí.

Lo que más rabia le causaba, era mantenerse quieto, estar en un sólo lugar sin poder hacer nada al respecto, fuera de sus posibilidades, claro está.

Lo bueno fue que era fin de semana y la ciudad descansa, en parte, del bullicio diario, aunque no faltaba algún imbécil que hiciera de cada oportunidad, un atasco. Tenía muchos planes en mente, para vaciarla y para llenarla. A pesar de todo, en el fondo era optimista, realista, pero con la suficiente euforia y ánimo como para lograr mucho más.

Llegando a su destino, se dispuso a realizar de una vez por todas, su itinerario. Finalmente hizo lo que tanto le había costado y se preguntó por qué no lo había hecho antes. Con una cara de satisfacción y alivio. Se dio a la tarea de apagar su mente de ese ruido de responsabilidad que tanto tiempo le había tomado.

Siguió empezando y terminando proyectos con la misma energía y satisfacción que las otras cosas que hacía. Y finalmente, algo que no tenía en sus planes, apareció velozmente ante sus ojos. Eran los ojos que había soñado, era la mujer que vio alguna vez en ese lugar que no recuerda su nombre. Estaba allí, estuvo, se desapareció así como emergió. Corrió lo que pudo entre la muchedumbre, confundiendo colores y espaldas, hasta darle alcance. Era ella, sin duda. Tanto pensó en darle alcance, que no tuvo tiempo de pensar qué decirle, solamente quedaba decirle la verdad. Que era la invasora de sus sueños, el factor determinante para quedarse acostado, esperando seguir con el sueño, a quien buscaba entre tanta gente. Ella esbozó una sonrisa, saludando y agradeciendo ser la musa de alguien. Cuando por fin, dispuesto a encarar la situación, tomando las riendas de su vida, caminó hacia ella y de pronto sonó el despertador, ésta vez, había que levantarse.

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