Ya había empezado a oscurecer en la ciudad y de pronto la luz artificial de cada poste inauguraban la noche fresca de momentos fría y ventosa.
No iba a llover más. Ya estaban húmedas las calles y las paredes, también los pensamientos y los zapatos.
Son las siete y llegamos justamente al punto de encuentro con una mínima diferencia. Nos vimos en silencioso y risueño saludo por una fracción de segundo. Hablamos.
Pasando a tomar una mesa que estuviera acorde al tiempo, al lugar y a la ocasión, que, realmente era una noche que sería especial.
No había advertido lo hermosa que puede ser su sonrisa con la tenue iluminación del lugar, sin poder describir el brillo de su mirada y sus manos, esas manos que tomé entre mis dedos en ciertos segundos de la velada.
Realmente no era una cita romántica, pero en mis pensamientos sí lo eran. Ella tenía un olor muy agradable, lo sentí toda esa noche y el resto del siguiente día. Gracias memoria olfativa.
Por alguna extraña razón, bueno, no extraña, era obvia. Quise callar nuestra conversación, nuestras silenciosas miradas con besos.
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