Espero el último tren que no recorre la ciudad desde hace muchos años,
No te levantes, por favor,
Que no tardará en pasar por la estación.
¿Cuál tren?
¿Qué hay en ese tren?
¿Qué quieres?
— Hay nostalgia...
— Y quiero recordar
¿Para qué quieres la nostalgia?
— Ya te dije, para recordar.
A muchos se les hace fácil recordar y a otros...no nos queda otra salida que olvidar; otros más olvidan para no sufrir y los demás, pues sufren para olvidar que piensan en recordar.
Pero, ¿Qué recuerdos?
¿Qué olvidos?
¿Qué nostalgia?
¡Qué problema!
Recuerdos, muchos recuerdos. Cosas, lugares, momentos. Más que eso, es sentir, volver a sentir esa brisa fresca que sopló sutilmente después de haber mucho calor con una inminente tormenta que salpicó la ciudad, dejándola húmeda, sudorosa y congestionada. Sentir que luego de esa brisa aparecerá a quien esperas, esperaste, esperarás.
Los olvidos,
el olvido,
los olvidos,
el olvido.
Esa espera, esa esperanza, los recuerdos, sí, los recuerdos. Quieres olvidar esos recuerdos, los buenos, los bonitos, los irrepetibles, los estancados, los que están clavados en el pecho y la memoria como flecha disparada certeramente en el blanco, en el punto exacto donde posiblemente no se pueda arrancar.
Y la nostalgia termina siendo esa culpa de no haber hecho lo suficiente y el recordatorio perenne de tu fracaso. Esa memoria que te castiga fuertemente, haciéndote recordar todo lo que te duele en el fondo del laberinto que todos llaman corazón. Te hace olvidar a qué saben los besos, los caprichos y los deseos.
Van y vienen empujones de recuerdos y olvidos y no se sabe si son o fueron, si lo imagino o lo recuerdo, lo invento o si desvarío. Sueños le dicen.
El problema es que olvido los recuerdos, añoro olvidar y la melancolía ronda sin cesar.
— Creo que ya no vendrá.
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