domingo, 13 de agosto de 2017

Está feo, usted

No tenía la menor intención de hablar con nadie, aunque sí hablaba al momento en que un señor entrado en años me interrumpió diciendo: «no le haga caso, está muy feo» y pues, seguí en la plática, que luego de la intervención del viejo, me dio por reír. Dejé de hablar y me dispuse a hacer lo que estaba haciendo un poco antes.

Al poco tiempo de estar tranquilo, revisando unas cosas, escuché una voz un poco tenue y dirigida hacia mí. Era el señor, que aparte de interrumpir era fanfarrón, malhumorado y picaflor.

Dejé de hacer lo que hacía para girar hacia mi izquierda y contestarle algo que me preguntó. Él desde un sillón corto y yo, desde una silla más alta. Me dispuse a leer algo.

Siguió y la plática se volvió más amena, pero tratando de hacerme quedar mal o corto en mis respuestas. Lo supuse desde el inicio.

Un señor que lo que menos daba era pena. Pidió un café y se sentó a la mesa con él, su hija, ya acercándose a los cincuenta o un poco más. Me contaba que él había trabajado con mucha gente influyente y poderosa del país.

Que había sido aviador, extranjero y fumador. Lo de extranjero, pues dijo que era europeo, pero lo dudé aunque no le hice esa observación. Más que nada, asentía cada comentario.

Hizo preguntas, que si conocía a una vidente polaca y le pregunté que si era una señora ciega, (algo contradictorio), pero quería decir que «predecía» el futuro y me dijo que sí, que era ella...léala, me dijo o búsquela en internet. La hija se fue por un momento.

La preguntadera se convirtió en una tertulia de lo más agradable, hablando de economía, del país, de mujeres, de política, políticos, politiquería y politiqueros, ladrones y usureros.

En ese periodo, me comentaba que había gastado millones, no supe si era cierto, su ropa decía lo contrario, pero eso no determinaba nada. Sus hijos, según dijo, son profesionales y tienen buenos trabajos. Por un momento se distrajo y me decía, mire a esa muchacha, él que está con ella, o tiene billete o es hueco, no, si yo fuera más joven, puntualizó.

Pues con lo de los millones gastados dijo que había sido por el tratamiento de quimioterapia que ha llevado por años. ¡Es un cáncer hijueputa! Exclamó como quien le da ventaja a su adversario. Su hija regresó y dijo él que ella lo había estado llevando y trayendo de la clínica a su casa y viceversa.

El país está en la vil mierda, decía a cada momento y con diferentes entonaciones. La gente ahora no lee, no sabe quienes fueron sus tatas, menos les va a interesar el país, dijo. Yo seguí su conversación para intentar saber si era cierto lo que decía y no disparates por la edad, así que yo le preguntaba cosas muy puntuales que ya sabía, pero sí las respondía bien y con las que no, decía no recuerdo.

Finalmente dijo que ya estaba harto de la enfermedad y que lo que lo jodía más era el tratamiento. Dijo que le había agradado hablar conmigo y yo le respondí de igual manera, que era un gusto y dijo que no había con quien hablar porque la demás gente es «bien mula». Reímos.
No sé su nombre, no sabe el mío. Terminó agradándome y al parecer, yo a él. No sé si lo encontraré algún día o si ya no alcanzará el tiempo o la vida para otro café.

Ahora lo recuerdo como el viejito cascarrabias y para él, seguiré siendo el «ese está feo», que le agradé, aunque feo, pero le dije con buen ánimo «que no me gustan los hombres ni los viejitos»

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