lunes, 8 de enero de 2018

Un poco de cielo para el sueño

La mayor parte del día había estado dormitando, con los ojos llorosos por el sueño interrumpido y el hecho de que la comida le había dejado más tristezas que satisfacciones.

El trabajo que se realizaba parecía no prosperar y las tareas pendientes, seguían pendientes. Una tras otra.

El día estaba tan pesado por los equipos y programas de cómputo que ralentizaban las tareas diarias que no había nada más entretenido que trabajar y hacer lo que había que hacer sin interrupciones de ningún tipo. Así de patética la situación.

El café, más óxido que café saliendo de esa cafetera a punto de volverse obsoleta, nos ofrecía más pena que cafeína. Así que para disimular, el azúcar era el cómplice, si no ideal, alcahuete.

Es que, sin quererlo nadie, las fiestas decembrinas son refugio de calorías e insomnio voluntario. El sueño desperdiciado por las calles, mesas, botellas y carnes horneadas cobra su factura con la insistencia de un usurero. Sueño que no se repone, repite la gente...que tampoco ha descansado.

Ya había pasado la mayor parte del día deambulando entre pensamientos, soluciones y fantasías. No sabía qué pasaba. El día, a pesar de estar frío, contenía una pesadez, como un letargo húmedo, tropical. Demasiada fatiga mental al fin y al cabo.

Tratando de no pensar en algo cómodo, como para no dormir de repente antes de llegar a casa. Pensaba en la vergüenza de cabecear como siguiendo algún ritmo musical. Chistoso verlo, pero no hacerlo.

Sin proponérselo, hubo un momento que valió el estar despierto, con la cabeza y los ojos hacia el horizonte, que prometió y cumplió un final espectacular.

Ansiaba compartir éso, que no era suyo, pero tampoco de nadie, pero ese momento preciso sería de ambos, de nadie más, porque serían los únicos que se atreverían a levantar la mirada mientras los demás bajaban la vista. Confirmar y tener la certeza de que guardarían el recuerdo para siempre.

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