sábado, 13 de febrero de 2016

El valor de dos galletitas

Muchas personas la conocen como doña Licha; una señora a quien no le pregunté su edad,  pero deambula los ochenta y tantos. Muchos la ven pasar todos los días con su carretilla desvencijada, hecha para la construcción y acondicionada con recipientes plásticos que contienen los productos comestibles que vende día con día.

Caminando de manera pausada, con cuidado, atraviesa las calles de una populosa zona de Mixco. Sí, atravesando las calles y avenidas por las mañanas y por las noches, porque la distribución de banquetas fue aniquilándose con los años y las consecuencias de construir en desmedida y no dar el espacio adecuado a los peatones.

La vida le ha cobrado factura a su menudo cuerpo, curtiéndole la piel, desgastando sus huesos, su dentadura y su columna.

Desde que la vi, hace ya un par de años, llamó mi atención la entereza con la que empuja la carreta con sus elotes, rellenitos y otras comidas preparadas por ella misma.

Luego de verla caminar, después de esperar un tiempo no tan extenso, desistí de irme en autobús. Ya la señora había avanzado un trecho de una cuadra, con el cuidado de no ser parte de las estadística de ser arrollada por algún conductor imprudente y es que no tiene otra opción, casi sin paso peatonal y su cuerpo sin el soporte necesario para enderezarse plenamente, no podría emprender su recorrido habitual;  decidí darle alcance.

Hacía frío y la abordé preguntándole si podía ayudarle a lo que sorprendida me respondió con un gracias.

Hablando durante aquel tramo, iluminado por momentos y en una penumbra casi absoluta por otros metros más.

Una señora acompañada de un jovencito, probablemente su hijo; se me acercó y dijo claramente: «¡Qué bonito gesto!»; a lo cual no contesté, porque no era para que me vieran o dieran algún premio.

Finalmente serpenteamos por unas calles; ella fue saludando a los vecinos que conoce desde hace muchos años.

Cansada, su cuerpo le pide descanso, pero su voluntad le ayuda a llegar al terreno, que, poco a poco ha ido pagando.

Tras bajar varios metros en lo que parece ser el inicio de un barranco, iniciado con concreto y seguirlo caminando por estrechas callejuelas de piedras sueltas y terminar bajando a la puerta de su casita, de láminas y madera.

En ese momento cuando yo bajaba la carretilla con mucho cuidado, reflexioné acerca de lo verdaderamente importante.

Vamos de un lugar a otro, tratando de «Hacer cosas importantes», corriendo, llegando, sin observar a nuestro alrededor. Y es que sí lo sabemos; están ahí, respirando tu mismo aire, caminando por las mismas calles, viendo el mismo suelo, el mismo cielo, sintiendo el viento frío en el rostro. Pero sin observar, sin escuchar. Despertándote, bañándote, desayunando, transitar hacia el trabajo, el colegio o la universidad, regresando para hacer lo mismo a la inversa para dormir y volver a hacerlo indefinidamente.

Yo espero mantener la ilusión, como esa ilusión en sus ojos, que han visto décadas pasar, visto bondades, violencia, tragedias y dramas, y que aún mantiene ese sueño de poder vivir en su propia casa. Sin desfallecer, con la voluntad a tope, tiene tanto que hacer, que no puede tardarse porque está cansada y tiene que preparar lo necesario para vender, sí, mañana también.

Extendió su mano y agradeciendo como pudo, me dio dos galletitas, que rechacé al principio y que acepté luego de su férrea insistencia y recordar que podría ofenderse con mi rechazo.

Hace casi tres décadas que se mudó hacia su actual hogar, con la esperanza de vivir mejor y no depender de nadie.

El mejor regalo que pude tener, fue haber sido útil y seguir aprendiendo cada vez que la recuerde.

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