lunes, 4 de julio de 2016

Diagnóstico

Empezaban a diagnosticar su muerte, a pronosticarla tal vez.
La indiscutible indiferencia mutua había dejado cicatrices imborrables que crecían conforme pasaba el tiempo.

Y tras la batalla tardía de la indiferencia, que corroe las almas hasta dejar un inmenso vacío en el que transitan todos los dolores, todos los pesares...avanza.

Ardua tarea el intentar siquiera acercarse; enredándose, asfixiado, sale a tiempo el alma que intentó inmiscuirse y tratar de hacer florecer en ese valle en el que la penumbra ha gobernado.

Y de repente, potencia el dolor. Avanza el calor y solamente hace falta esperar.

¿Habrá tiempo? ¿Querrá sentir? ¿Querrá esperar?

Y así siguió la incertidumbre. Amores, noches y vientos vienen y van, han ido y regresado. Han bebido de lo que quiso dar, han vivido y sobrevivido noches enteras, cuerpos anegados en sudor y fatiga de deseos y saliva.

Y los sentimientos carcomidos por el desasosiego, por los deseos cumplidos hasta donde inicia de nuevo el sentimiento sufrido.

Tiempo después, solamente el tiempo le dio la experiencia necesaria ante la explosión emocional que desencadenó la indiferencia acumulada, los labios enredados con los labios desgastados, los latidos visibles a través del pecho fatigado y la necesidad inconclusa en donde convergen el amor, el vacío, la indiferencia y el deseo. Y no se le diagnosticó más la muerte, sino la muerte lo ha condenado al amor.

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